Por qué leer

Porque sí

Hace ya algún tiempo que ejerzo una actividad que aún hoy me parece de las más dignas formas que tiene el hombre para llegar a vivir bien. Hace ya casi seis años que comencé con recelo a practicar la lectura. Una actividad de lo más noble, que a mí me parecía de lo más inútil. Es evidente que no entendía bien la actividad del intelecto que se necesita ejercitar para poder llevar a cabo cualquier acción. No dudaba, por otra parte, que en los libros encontraría sabiduría, pero no veía cómo es que esta sabiduría tan aclamada por unos, vituperada por otros y tan sinuosa para mí, podría darme los elementos necesarios para poder vivir bien. Y si de algo estaba casi seguro, era que deseaba leer, porque deseaba saber. Aunque no sabía qué sabría. Pero de que algo iba a encontrar, no dudaba. Pues bien, así comencé mi navegación por la lectura, con mucha curiosidad, es decir, con mucho miedo y con mucho gusto a la vez. Con mucho miedo porque no sabía para qué leer tanto, y con mucho gusto porque intuía que estaba haciendo algo bueno. Pero, ¿qué tan importante es la palabra? ¿Por qué nos arropamos en ella, pero a la vez desconfiamos? ¿Ser lector es en verdad una forma digna de la vida humana, o sólo es un engaño elucubrado por algún genio o artífice maligno que teniendo miedo de enfrentarse al mundo real, decidió construir y justificar el suyo diciendo que la actividad del intelecto y del alma son lo más importante?

Hoy quiero, en un ejercicio mínimo, intentar justificar esta actividad. Pensando en ella como un ejercicio del alma, ya sea de la imaginación o de la mera razón o ambas añadiendo al deseo, para ello habrá que sortear la pregunta anterior y demostrar que los fundamentos de la lectura existen, es decir, tenemos que demostrar que el alma existe, de otro modo el bien que atribuimos a la lectura no podría descansar en otro lado que no fuera la materia, en el mejor de los casos, o en el vacío. Además, si no exploramos los fundamentos de esta actividad, ni sus repercusiones, la lectura queda como una actividad baladí. Así sólo podríamos alegar que se trata de un mero gusto, ¿pero este gusto a quién beneficia?, ¿en verdad sólo al lector?, ¿entonces qué caso tiene la lectura en una sociedad cualquiera?

I

Ya sé que el fundamento de la lectura es la palabra, pero la palabra no es otra cosa sino la relación que tiene nuestro ser con el mundo, y aún con los demás hombres. Comencemos por aquí. Pensar en la palabra como una reacción a los estímulos que el exterior ejerce sobre mi persona, nos pondría en el mismo nivel que los animales. Éstos, que sin duda tiene algo de imaginación, no pudiendo escapar nunca de las incitaciones con que el mundo exterior los acecha incluso durante el sueño, no tienen nunca posibilidad de refugiarse en el interior como lo hacemos nosotros. Al hablar del interior, me refiero a esta facultad que tenemos los hombres para encontrarnos con nosotros mismos en un lugar que sin duda no es el mundo físico. A esto podríamos llamarle conciencia, sin apelar necesariamente a las posturas cristianas que esto implica. Aún si seguimos por este camino y nos encontramos con que los animales sí tiene un lenguaje, es decir, señales, tenemos que aceptar una parte de este argumento, pues hace un momento declaré que los animales teniendo algo de imaginación y sensibilidad a los estímulos, es evidente que por ello mismo practican la memoria, saben qué sí comer y dónde es seguro para dormir, a dónde dirigirse si el clima cambia.  Ellos también hacen relaciones entre su ser y el mundo, lo cual no niego. Pero estas relaciones no les permiten conocerse en el mundo, es decir, no sabe el león, por más imponente que sea, que es león, no sabe el camello que es camello; pero el niño sí puede saber que es niño y que los otros dos animales son león y camello. Además, sabe el infante que pronto será hombre, porque ha visto que los niños van creciendo, y sabe que sus padres y abuelos alguna vez fueron niños. Esta relación de temporalidad no la hacen los animales. Importante notar esto, ya que los estímulos del medio ambiente si bien sí generan un cambio de placentero a menos deseable y hasta doloroso, son cambios que se notan con sólo la sensibilidad, es decir, en la inmediatez. La vida sólo se capta si además de sensibilidad e imaginación se cuenta con el raciocinio.

Con todo lo anterior lo que quiero dar a entender es que la palabra en el caso de los hombres no es el resultado de estímulos. Otro modo de refutar esto es pensar en la diversidad lingüística. Si los hombres estamos expuestos en casi todo el mundo a los mismos cambios climáticos, condiciones físicas y demás, por qué hay tantas formas de nombrar a la lluvia. Esto también es un problema para la tesis que vengo presentando, pues apelando a la diversidad de idiomas, se hace evidente que el alma, si bien nos identifica como hombres, también nos diferencia como sujetos. El solipsismo aparece casi inmediatamente como una necesidad al aceptar que todos tenemos almas distintas. Cada quien habría de hacerse cargo de su propia vida y punto. Los que encuentren es sus solitarias reflexiones que la vida y el mundo no tiene ningún sentido, tienen dos opciones, o inventarse un sentido e ir salvando a quienes se dejen, a sabiendas de que al hablarles sólo parpadearán; o disfrutar (risa falsa pues no hay sentido de nada) del espectáculo de los monos que no saben que lo son. La palabra, desde aquí, lo más que ofrece es la revelación de la nada. Toda distinción es una construcción necia para salvarnos de esta náusea. Pero desde esta consideración, tanto la palabra como el alma son vistas como engaños, pero evitan la siguiente pregunta: ¿no será más bien que esta construcción nos predispone a pensar que el sin sentido es lo único real?, es decir, esta postura nihilista parece más bien un intento de atrofiar el alma tanto como la actividad intelectual. Una vez más, volviendo a los animales, ellos no tienen lenguaje y no conocen el mundo más allá de sus pulsiones e imaginación. El hombre que se relaciona con el mundo por medio de la palabra, comienza casi de inmediato a poetizar, es decir, a acercarse al cosmos y a sí mismo mediante construcciones que no le dan sentido al mundo, sino que lo revelan tal cual es. Es decir, el ejercitar la búsqueda de la verdad a que Platón llamó dialogar, no nos aleja de la realidad dejándonos con idealismos, sino que más bien nos acerca a él. Otro modo de decir esto es que la filosofía no nos dice cómo debería de ser el hombre en el mundo, sino cómo de hecho es. A esto me refiero cuando digo que la palabra nos hace más real, más cercano al mundo: no lo idealiza, lo realiza.

II

Conforme con esto, no es difícil aceptar que la única forma de saber cómo llegar a vivir bien es conociéndonos. Acatar el mandato délfico. Ahora bien. Si decidimos aceptar esto, resulta que el único medio que tenemos para llegar a ser hombres es por la palabra. Ejercitar la parte más exterior del alma que es el habla y los sentidos. Para iniciar con esto haríamos bien en hacer caso al precepto aristotélico. Comencemos por lo primero para nosotros. En una investigación lo primero para nosotros es el reconocernos faltos de algo y deseosos de encontrar ese algo que nos hace falta. Así, en su Protréptico a la filosofía, recomienda el estagirita al rey no preocuparse por las posesiones materiales, ni por el honor o por los gozos banales, ya que éstos siempre lo son en provecho de algo más, es decir que no son bienes que se basten a sí mismos, por lo tanto no son completos. Y haríamos mal en tratar de acercarnos a la plenitud del espíritu con bienes que no son perfectos. A más de esto, la imperfección de las posesiones materiales y del placer sexual, por ejemplo, es que son fútiles. El bien al que se aspira ha de ser eterno, es decir, ha de ser desde siempre, antes de que el hombre pudiera articular cualquier palabra, sólo así podemos navegar seguros pensando que es buena la existencia del hombre, de otro modo, no hay nada qué hacer o todo está permitido. Ahora bien, si es buena la existencia del hombre, es todavía mejor el intento verdadero por perfeccionarse, por alcanzar su verdadero ser; por conocerse pleno y no sólo vislumbrase en el espejo turbio de las dudas: actualizar las facultades del alma, desarrollar la segunda naturaleza.

III

Permítanme hacer una pequeña digresión en este punto. Recuerdo que algún maestro nos decía: “quizá sus almas, o corazones o vidas modernas, no les permiten reconocer el problema” y en efecto, yo no sabía si quiera que era un moderno de cepa. Y no quería aceptar lo que Aristóteles, santo Tomás, Cervantes, Austen o Joseph Conrad dicen. Hoy sé que era por una rebeldía pusilánime por abandonar los prejuicios que me sostenían la vida. Rebeldía del joven que quiere encontrar la verdad, pero que no apuesta lo que ya tiene. Esta retención a lo largo hace estériles a los intelectos o peor, resentidos: dice Alfonso Reyes de esto hombres que son “eunucos en medio de mujeres de las cuales no puede disfrutar nunca” Respecto a mí, aún tengo temor a perderme, por eso trato de estar cerca de personas que considero sabias, pues hay que aceptar que en esto de la palabra existe una complicidad por encontrar algún bien. Y que esta complicidad sólo puede explicárnosla lo erótico que hay en la palabra. Pues leer también causa un placer, que es el placer de saberse cerca de la verdad y el bien. Si además hay belleza creo que es enteramente el arte poético.

Pero bueno, volvamos a lo de hoy. La lectura es una extensión de la palabra hablada. ¿La escritura pudo o no haber existido? Sócrates detestaba escribir, pues decía que menguaba a la memoria, y sin imaginárselo fue a ser uno de los personajes más recordados por estar su nombre y sus acciones escritas (esto pensando que Platón lo retrató fidedignamente y no más bien que poetizó con la persona de su maestro). Creo que si bien la escritura fue una posibilidad del habla y no una necesidad, hicieron bien quienes decidieron escribir por primera vez, ya que así el pensamiento queda más fijo, además que permite ir perfeccionando las palabras que mejor conceptualicen al ente pasión o idea en cuestión. Y es aquí donde está la responsabilidad y el fin de aquel que se dedique a leer o reflexionar con sus propias fuerzas y en compañía de otros, ya sean de su tiempo o anteriores a él. El que lee bien, ha de enseñar a leer, es decir, a discutir y descubrir el mundo más claro de los que pensamos. Esto posibilita una mejor calidad de vida, pues el deseo por alcanzar el bien, por medio de una actividad tan noble, irremediablemente va filtrándose en el alma de cada hombre que convive con un filósofo o lector serio y comprometido con la verdad. Quizá para esto leer tanto, para estar más cerca del bien.

IV

La gran labor del lector, hoy día, es sin duda recuperar el amor por el bien verdadero. El deseo casi lascivo por estar contemplando esto. Para ello ha de tratar de explicar y justificar que el bien y el alma son inmortales. De otro modo todo está permitido, ya que no hay fraternidad de hombre a hombre. Vivir bien sería un cuento y lo más a lo que aspiraríamos sería a sobrevivir. Hay varios ejemplos en la literatura en donde la actividad intelectual sin reflexión por el alma o un bien supremo, llevan a los personajes a una degeneración en donde pierden su humanidad. Por mencionar alguno, pienso en Rebelión en la granja, donde los animales aprenden el lenguaje, pero sólo lo usan para comerciar y progresar, no hay una fe más que en la inteligencia del dictador Napoleón. El final de la novela es aterrador. En Un mundo feliz de Aldous Huxley, la poesía es de barbaros. Es decir, todo aquello que desestabilice la interpretación, y por ende la manipulación de la naturaleza humana es digno de desconfianza. Pero la conciencia del salvaje y del personaje principal, esa interioridad de la que hablé más arriba, los hace seres extraños a sus compañeros, aunque más cercanos a los lectores.

La lectura es una de las mejores formas de dignificar al hombre. Ésta, aunque en el presente nos invite a realizarla en la intimidad, no es ahí donde florece. La intimidad y la soledad si bien sí son tierras fértiles para la reflexión, ya que es ahí donde las palabras del otro corazón que me habla comienzan temerosas a escucharse, carecen siempre de la jovialidad que trae consigo la compañía, es decir, de ese lugar donde los amantes encuentran más brillante el mundo, más digno de ser obsequiado cual caricias de verdad.

Javel

Para nunca dejar de gastar:

Al hoy fallecido maestro Sergio Pitol, le debemos el que nos haya emparentado con autores como Jane Austen, Joseph Conrad o Henry James.

“En fin, el libro es un camino de salvación.”

“La palabra libro está muy cerca a la palabra libre; sólo la letra final los distancia la o de libro y la e de libre. No sé si ambos vocablos vienen del latín liber (libro), pero lo cierto es que se complementan perfectamente; el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres. Libres de la ignorancia y de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad y de la pequeñez.”

Sergio Pitol

 

 

 

 

Anuncios

La denuncia y el buen juicio

La denuncia y el buen juicio

Hace unos días apareció en el periódico español El país una entrevista hecha al antropólogo nacionalizado mexicano, Jean Meyer. La entrevista se enfoca en la situación electoral en que se encuentra el país. Las respuestas que ofrecía el antropólogo a las preguntas lanzadas por el reportero destacan por su lucidez, además de que propone una vía más real y menos ambiciosa (idealista) para solucionar algunos problemas. Evidentemente entre los temas que se trató en la entrevista, la corrupción, el narcotráfico, la violencia y el fraude (la simulación de la justicia) fueron abordados. Cuando llegó el momento de preguntar por qué es que los mexicanos no denuncian los atropellos, el antropólogo dice de una manera muy rápida, como queriendo pasar el trago pronto, que los mexicanos no denuncian porque ya saben que “no va a servir para nada”, terrible respuesta, por su cercanía con la verdad, además que dice mucho sobre nuestro ejercicio democrático: no practicamos el cambio. ¿Somos presos de la violencia? Sí, ¿hay salida? Sí.

No te preocupes lector, mi intención a partir de esta línea no es hacer propaganda alguna para las próximas elecciones. Mi intención es más modesta. Creo y veo que la violencia es un problema muy serio. Pareciera que estamos estancados, que somos prisioneros a la deriva de un mar caprichoso y sanguinolento. Inane parece cualquier intento que se ha hecho; ni siquiera cuando se juntan las grandes masas de personas para protestar y exigir se ha logrado algo duradero, real. El mar es un titán ¿cómo moverlo? Odiseo tuvo que vagar conociendo las costumbres de los hombres y sólo así pudo regresar a su amada Ítaca. Sólo conociéndonos, lector, podemos comenzar el camino para encontrar (pues nunca lo hemos tenido) el México que tanto anhelamos. Alguna vez creí que el hombre era capaz de conocerlo todo, pero hoy me doy cuenta que somos mortales, y que nuestra labor es igual de perene. El conocimiento no podrá ser nunca eterno o perfecto en el hombre, pero eso no es razón para abandonar el camino que propongo. Es motivo para hacer todo cuanto podamos por conocer y hacer algo de bien. No podemos –nadie después de Aquél puede– hacerles bien a todos los hombres, pero podemos interactuar con un buen número de ellos. Eso nos posibilita conocernos y comenzar con el ejercicio de buscar el bien entre muchos. La fraternidad está aquí. Este ejercicio no excluye a ningún hombre, la justicia no es elitista, aunque sí debe ser bien ordenada y lo más clara posible.

El ejercicio de conocer el bien, que me he permitido llamar también justicia, nos posibilita reconocer el mal. Es difícil articular un concepto de éste, pero al menos sí sabemos que es la perversión de lo bueno. El dolor de perder lo bueno, si bien no es expiación o resolución del mal, sí es motivo de cavilación, es decir, de reflexión. Reflexionar sobre el mal y el bien debería sacarnos de esta desesperanza con que Meyer nos ha identificado. No lo digo como anestesia ante la situación, sino como posibilidad de lucha directa. Denunciar sólo es muestra del sano juicio cuando reconocemos el mal. En México, denunciar parece ser una muestra de valor o una quijotada, es decir, un sinsentido, pero eso es porque creemos que lo único que hay es el mal. Ya no pensamos en el bien. Pues busquémoslo entre nosotros, no esperemos a un mesías o a un tecnócrata o a un iluso.

No dejemos todo a la deriva, seamos ingeniosos (justos) para llegar a tierra firme y salir de este terrible nada va a pasar.

Javel

Un momento de mar

Un momento de mar

¿No es verdad que los recuerdos son como las olas? En el poema A la que murió en el mar, de José Emilio Pacheco sabemos que sí. El poema que está en estilo libre, con ocho versos, en tres estrofas recuerda a una joven que murió en el mar. El poeta que está a la orilla de la playa es acechado de súbito por las marejadas del recuerdo, pero advierte que tan pronto llega, tan pronto se va en su líquido existir. Pero el mar no sólo le sirve al poeta como alegoría del recuerdo, que nos acecha y se va sin que podamos retenerlo entre las manos. El mar en su naturaleza titánica le muestra la resistencia igual de imperiosa que posee el hombre para enfrentarse al tiempo que es cambio, pues le dice a la muchacha en los tres primeros versos:

El tiempo que destruye todas las cosas

Ya nada puede contra tu hermosura

Muchacha.

El trote del tiempo que es igual de corrosivo que el agua en la piedra, no tiene cómo destruir el recuerdo de aquella mujer. Además, en la forma completa del poema, hay que notar que estas tres líneas llegan juntas, y que la palabra muchacha intenta hacer eco del agua que se estalla en la orilla del mar. Un recuerdo me ha asaltado, decimos con frecuencia, y ahora sabemos qué fuerza posee y por qué volteamos a verlo. Muchacha es la palabra que detona al recuerdo, y una manera de enfrentar al tiempo, diciendo que las memorias son siempre jóvenes, pero lejanas.

En la siguiente línea que dice así:

 

Ya tienes para siempre veintidós años

Las palabras siempre y veintidós son el movimiento bamboleante del mar. Siempre, que es una palabra grave y que muestra su fuerza trepidante en la primera sílaba, se va desmoronando en la segunda y retrocede por completo la fuerza en la silaba dós. Así comienza a alejarse la visón de quien es siempre joven, y la misma naturaleza que la trajo, la va abandonando al negro misterio de la memoria, y así la mujer se va convirtiendo en

…peces

Corales

Musgo marino.

El ultimo verso que está firme frente al movimiento dialectico de las palabras y de las olas inventadas por el poeta, no son sólo el poeta, sino cualquiera de nosotros que al recordar y ser recordados iluminamos por un momento el misterio del pensamiento y que ahuyentamos a la soledad y al olvido. Por eso dice JEP que somos:

Las olas que iluminan la tierra entera.

Javel

La falacia del jardín

La falacia del jardín

Crece cínicamente en el jardín, se arropa de la vegetación que ha sido elegida para vivir ahí. La maleza crece indómita y no hay nada que se le puede hacer. Piensan erróneamente quienes creen que la violencia es como la mala hierba. Pensemos por un momento ¿por qué? Imaginemos un jardín bien arado, en perfecto orden, con sus geranios de este lado, y los tulipanes más al fondo, bajo la sombra de un robusto par de olmos. La maleza que no es deseada se arrancó desde el inicio para poder sembrar todo lo bello y curativo que sí hace bien al hombre que cuida de ese jardín. Pero la maleza con su naturaleza escurridiza ha podido dejar un pequeño tallo que se extiende por debajo de las plantas buenas. Un buen día brota, quiebra la tierra y muestra su indeseable verdor extendido por doquier. Se volverá a arrancar y en algún lugar dejará rastro de su presencia para emerger de nuevo. Pero ni aplicando planticidas se podrá erradicar su brote. La tierra misma propicia su crecimiento. Las propiedades materiales (química orgánica) permiten que la hierba se nutra y aparezca. Y no, ni habituando a la tierra a procrear sólo vegetación deseable, ya sea por su utilidad o belleza, dejará de crecer hierba mala. Un campesino lo sabe, un jardinero lo aprovecha. El campesino sabe que siempre se tendrá que esquilmar la tierra, y el jardinero agradece que haya trabajo para él. La hierba no es mala, hace estorbo a las finalidades comerciales o estéticas del hombre, pero se arranca (solución momentánea) y se sigue el proceso.

Con la violencia no es igual. La agresión por lo regular nace de un mal entendido, de una falsa y peligrosa interpretación de lo que es el hombre. Como ejemplo el nacismo, o el proteccionismo, o el hombre atribulado que no teniendo para comer y que al pedir ayuda se le niega, rompe en llanto y furia para ir a arrebatar lo que se le negó. Quizá pidió de mal modo y no fue entendido y se le despreció y ahora vive pensando que hay hombres que se ríen de él y de los que son como él y les llama Estado, gobierno, ricos, burgueses, conservadores, políticos, etc., etc. Ahora ha robado y quizá mató; alguien pide que se le expulse, que se arranque esa mala hierba del jardín, y se le confina a un lugar reservado para estos maldicientes de las buenas costumbres. Error, pues la hierba se seca, y después sirve como abono o a veces alimento para los animales. La discordia entre injuriados no se extingue, se aviva más, se justifica, se nutre. Entran rechazados y salen odiando al género humano. Las condiciones ideológicas ensanchan el sentimiento de aversión y dolor de estos hombres. La justicia positiva dice que aparta al mal del bien, como quien aparta la cizaña del trigo, pero esto bajo el presupuesto de que la conciencia, el foro interno del hombre, no existe. La hierba no puede ni fingir, ni arrepentirse, ni fingir arrepentirse, el hombre sí.

Si el hombre en verdad no tuviera conciencia, pero cometiera crímenes, alejarlo de la comunidad bastaría, puesto que toda su naturaleza sería preclara, no habría nada oculto. Ese hombre es malo, jamás va a cambiar, mejor que viva aparte pues no se puede arrepentir ni aprender otro modo de conducirse. Que muera solo. Esto último en los exilios que padecían los judíos o en la excomunión de los cristianos era terrible, pues no sólo se desprotegía de casa y alimento al expulsado, sino de la compañía de aquellos con quienes convivía, él ya no era parte de la comunidad, y peor aún, no podía refugiarse en la idea de bien, pues también de ahí era expulsado: sin dios y sin patria errante iba por el mundo. Esa expulsión era la muerte, sólo en quien entendía su soledad. En la regeneración que buscan los sistemas penitenciarios, no hay esa conciencia, pues no se aparta de una comunidad al inculpado, sino que se le justifica la falta de unidad “sólo me acercan a los que en verdad se preocupa por mí”. En nuestra desproporción política, la justicia parece una ingenuidad o un cinismo: “¿de qué orden me hablas?, sólo veo lucha por sobrevivir, déjame trabajar”.

Pensar a la justicia como un cegador, es un cinismo moral y ontológico que atenta contra la verdadera humanidad. Pues declarar que solo es hombre el que es siempre bueno, es excluirse a sí mismo o ¿bajo qué medida?, porque, pedir claridad a hombres de nuestro tiempo no es sensato, lo mejor es tratar de conocernos, para no cometer estos errores. Que la palabra nos convoque a descubrirnos y no a separarnos. Creo que desde esa unidad y búsqueda por la verdad, podremos actuar más prudentemente ante el mal.

Javel 

Para comenzar a gastar: En un pequeño coloquio ofrecido en la biblioteca Vasconcelos, la escritora Guadalupe Nettel dijo que de la novela le sorprende el hecho de que son “dos subjetividades que se encuentran, la del lector y la del escritor. Sabes que una novela es buena porque conectas con ella. Hay un escrito que te entiende y te explica.”

Como bien se ha dicho, una verdadera forma para comenzar a actuar correctamente y sobre todo en relación a soluciones para apurar y promover la justicia y la paz, lo primero es conocer la situación, en este sentido, la palabra de los expertos sí vale la pena ser escuchada, por ello hay que poner atención a lo que pasará con las propuestas que reportó Héctor de Mauleón esta semana.

Como gasto inútil aparece el enrejado y los torniquetes en Ciudad Universitaria, pues como bien dijo una alumna, “sacaron a los lobos de su cubil, para colocarlos en el camino de los estudiantes”. Ahora es obligatorio cruzarse con estos norcomenudistas en el camino; antes era opcional ir hasta su (conocida) guarida. El debate, creo yo, ya no es debate, pues no es problema el consumo de marihuana, sino su ilegalidad. Lo que genera la violencia es el terreno fértil del monopolio del que las autoridades están bien informadas.

Palabras en azul

Palabras en azul

Permítanme divagar un momento sobre el habla, no en su generalidad, sino como manifestaciones tanto de la expresividad del hombre, así como de su deseo por entender y ligarse a este mundo y a los otros hombres que le hacen caso cuando habla y que él también atiende. Hablar y por ello mismo entender e indagar, vienen a ser de las particularidades más notorias del ser humano: ahí tenemos al zoon logon; a Dios que le da a Adán la facultad de nombrar; a Prometeo robando el fuego de la casa de Atenea para entregarlo a los hombres; y a Chesterton diciendo que los hombres nos distinguimos de los animales porque cuando ellos comen no hablan. No hay momento en la historia del hombre que no haya sido envuelto y atravesado por el habla cotidiana. Desde que el hombre es hombre, se reúne para escuchar y hablar acerca del mundo en que se encuentra y de cómo se entiende él mismo como participe de la realidad en que habita.

Los diálogos que sostuvieron los grandes genios de la historia son la muestra patente de que se desea entender el mundo y explicarlo a los demás, es decir, que amamos compartir el conocimiento, transmitirlo. Seguramente los primero cavernícolas se preocuparon las primeras veces al ver que la luna ya no regresaba, que aquella mujer blanca se ocultaba de ellos, y temerosos de perder a su compañera decidieron darle nombre para llamarla cada vez que ésta se iba. Hoy día las palabras han perdido mucho de esa fuerza. Parecen tan evidentes y tan poco importantes que su desgaste es cada vez más pueril o en su defecto, más económico. Pero hubo momentos de gran arrojo, y aún los hay, en que las palabras nos llevaban hacia una intimación con la verdad del mundo y con la belleza del actuar que sobrepasaban nuestra experiencia diaria, consiguiendo por ello mismo no sólo la fama, sino también la gran estima del entendimiento universal, por acercarnos a la gran verdad del mundo. Las palabras, que el hombre hable, parece que es la expresión del gran deseo por ganar la verdad de la vida, del mundo, del hombre, de Dios, del amor.

Siempre que el hombre desea conocer algo del mundo comienza su hablar. Todo empieza como pregunta y después como afirmación que deberá ser puesta a prueba bajo diferentes miradas. La afirmación regresará con la forma de nuevas preguntas. Volver a preguntarse, desde otro ángulo, bajo la influencia de otro autor o invadido por otras emociones es parte de la travesía humana. Sólo así la pregunta no se acaba, sólo así el hombre sigue hablando, es decir, sigue siendo hombre en tanto amante (cazador y adorador) de la verdad que reconoce aún se le escapa. ¿Y por qué habría de escaparse siempre? ¿No podemos llegar a saberlo todo? ¿Acaso inventamos nuestra esencia de seres amantes por miedo al sinsentido? Creo que nuestra propia condición de mortales e imperfectos nos limita, pero al mismo tiempo nos arroja para romper con nuestra propia naturaleza e intentar decir algo, después de todo, los amantes siempre son transgresores del orden. Por eso mismo, abogar por la labor del investigador, científico, filósofo, poeta, jurista, político, es en todo un acto de amor y de justicia para con la humanidad misma. La palabra es la muestra no sólo de la evolución, entendida ésta como la perfección continúa de quien busca el bien, y no sólo como la adaptación en un mundo caótico, del hombre, sino el rastro que han dejado los hombres para su propio bien. Si pensamos en la palabra como el resultado de accidentes neurológicos, lo que tendremos es el juego del equilibrista, de aquel saltimbanqui triste que se balancea entre no ser animal, pero que se cuida de no ser ángel, por miedo a caer en la profundidad de la mentira sobre la que él mismo se elevó. El anarquismo evolucionista no nos ayuda a contemplar la verdadera naturaleza del hombre, pues ésta cancela de tajo la decisión, la libertad de decidir es inherente al darwinismo. Tendríamos que aceptar que, se diera cuanta o no Darwin de este aspecto, los hombres habrían seguido su curso natural en la sobrevivencia. Pero al hombre la palabra lo reúne para deliberar sobre la buena vida, es decir, para convivir y no sólo coexistir.

Hace un momento señalé como momentos de dialogo los sostenidos por genios. Pero no sólo ellos dicen y argumentan, también el hombre común desde la cotidianidad se puede elevar, o mejor dicho, desde la contemplación pasiva de la naturaleza diaria, puede descubrir aquellas perlas que no había visto, ni pronunciado. El hombre común también puede embriagarse y tener sed de ellas. Pero ha de tener cuidado de no beber palabras vanas que lo dejen vacío. Toda palabra ha de tener una piel tersa y debajo una membrana jugosa. De lo contrario tendremos sed de vacío y nos preguntaremos ¿por qué nos dejan en visto? ¿Por qué ya no nos reúne la palabra? Quizá porque no decimos nada, ¿cómo respondemos a un ok, a un ja ja ja? Quizá las palomitas en azul duelen porque sabemos que algo se ha enfriado: el hombre con wattsap es la ridiculización del hombre, un desesperado a quien le aterra el silencio porque no ve diferencia entre habla y parloteo; entre apuesta por la verdad y bullicio efímero. A nosotros nos hablan de amor y parpadeamos, pero esto ya no importa, siempre y cuando haya alguien escribiendo…

Javel

Para seguir gastando: El presidente Peña pide que reconozcamos los logros de su gobierno, y que de no hacerlo traicionamos a la verdad, o al menos eso dijo en el CI aniversario de la constitución. Alguien habría de explicarle a nuestro presidente que la verdad puede tener como apoyo a la administración, es decir a la cuantificación de resultados, pero que la verdad en tanto tal, y más que nada la justicia, no se cuantifica, no se puede ser 15 o 75% más justo. Eso nos enceguece, pues la parte se vuelve el todo.

El príncipe vals

El príncipe vals

Los caballeros no bailan. Siempre están sentados, aburridos, ¿a qué van a los bailes? Eso pensaba yo hasta que vi a uno que bailó con una dulce señorita. Sucede que por razones de compromisos sociales, he tenido que reunirme con algunos amigos en un pueblo algo lejano de aquí, en él habita una señorita algo porfiada, pero de buenos sentimientos, que se la pasa las más de las veces haciéndola de casamentera. Una de sus amigas o de sus proyectos, es la señorita que ahora baila con el caballero. Me enteré de que este proyecto fue fallido, principalmente por dos motivos, uno, por la excesiva imaginación de la casamentera, y dos, porque ella misma no se preguntó: ¿Cómo se ve un enamorado?, ¿qué es el amor de a de veras? El proyecto fue mal logrado, porque ella no advirtió más que piezas que podían ser manipuladas para estar juntas, es decir, que reunían ciertas características que bien podían complementarse. Ella preguntó a su amiga, ¿quién crees que te convenga más? A mi juicio, se olvidó de cómo se expresa un enamorado, para ver sólo cualidades convenientes a la alta sociedad. Se le olvidó que los hombres promedio, también se enamoran.

Convenció a su amiga para que se fijara como meta a un caballero inglés, de buen porte, sociable, educado, pero con fama de interesado. Los presentó, pero él vio mayor posibilidad en la casamentera, que en la amiguita de la casamentera. Ninguna de las dos lo advirtió así, porque la directora del proyecto veía que todos los halagos y molestias que se tomaba dicho caballero eran para su amiga, (esto le convenía a ella para su fama de celestina, así como para ayudar a que una mujer dulce y mansa, subiera de posición). Ellas veían lo que querían ver y no lo que estaba sucediendo. Lo que sucedía en realidad –y esto me lo contó el caballero que ahora baila–, es que la celestina, hizo que su amiga se olvidará de un buen hombre digno de confianza, educado y de porvenir, que no pudiendo ser más claro le pidió matrimonio a la señorita; aquí fue donde la casamentera encajó más el diente, sabiendo de la poca voluntad de su amiga, con la siguiente pregunta: ¿Quién te conviene más?, en lugar de preguntar ¿Quién crees que en verdad te ama? O ¿a quién amas tú y por qué lo dices?

La labor de casamentera sin una previa reflexión sobre qué es el amor, o ¿cómo es que sé que alguien en verdad está enamorado?, llevaron al fiasco y la decepción de saber que el caballero se interesaba más en la casamentera que en su amiga, y que al ser rechazado, con suma vergüenza por la señorita, fue a buscar otra oportunidad en otro pueblo, donde contrajo compromiso con una mujer que poseía una herencia considerable. Sale sobrando la pregunta de si ¿así se comporta un enamorado? Sí o no, depende de qué tanto podamos explicar nosotros mismos sobre nuestra experiencia amorosa. En fin que el caballero regresó casado, y en la primer oportunidad que tuvo para mostrar su burla y su orgullo cruel a las señoritas, decidió rechazar como pareja de baile a la dulce mujer que tenía enfrente. Dijo que estaba cansado, pero dos minutos después pasa bailando con su esposa frente a la ya injuriada mujercita. Es ahí donde empezó mi historia, el verdadero kingsman, se levanta y saca a bailar a la señorita, mientras la casamentera pasa del coraje por la injuria, a la sorpresa grata de ver que un caballero la auxilia. El mismo caballero que le ha cuestionado mil veces su labor como casamentera.

Y es que no sólo el amor está en juego, sino también la dignidad, si es que entendemos al amor como la posibilidad y finalidad de la perfección humana. Si no podemos dar justificación del amor (como búsqueda de lo que nos falta), toda exploración parece falsa, pues sólo busca la verdad el enamorado o el afanoso.

Aún no entendemos

bien este vals.

Javel     

La muerte como un sueño perverso

La muerte como un sueño perverso

Sospechoso pensar que la vida, una vez iniciada, nos acerca a la muerte. No es nueva la observación de aquellos que señalan que desde el momento en que nacemos la misma vida nos va conduciendo hacia su origen de no ser vida nuevamente, es decir, hacia la nada, hacia el útero infranqueable de lo que aún desconocemos. Pero hay que poner atención a estos postulados, pues en realidad reducen la vida a una sola característica de la materia. Del polvo vienes y al polvo volverás, anuncia sólo la fugacidad de nuestra corporeidad. Que nacemos para morir es innegable, pero reducir la vida al mero instante de la muerte, al final en que ya nada podemos hacer en contra de nuestra naturaleza mortal, aniquila toda posibilidad de nuestra dignidad. El nihilismo no comienza al nacer, sino al aceptar que la muerte es el todo sin sentido y la vida un intento banal de ordenamiento. ¿Qué sea lo real, si el caos o el orden? No lo puedo demostrar ahora, más que bajo el influjo de una convicción de vida digna y de paz.

El planteamiento sobre si la vida tiene sentido o es un sin sentido que nos conduce a la nada, tiene sus repercusiones en varios ámbitos. En el científico, por ejemplo, vemos que la conquista por la naturaleza, aceptando que la muerte es lo único que hay, es el deseo de evitar caer en la nada que hemos aceptado. En la política, vemos que la fuerza y el miedo nos permiten disfrutar más de lo fugaz de esta vida si lo sabemos aplicar a los demás. Hay que obtener más de todo lo que se pueda poseer antes de morir, el libido no es sino otra forma de la venganza a la idea de la muerte inherente a la vida. El avaro y lujurioso es el desdichado que se queda triste en las noches, esperando no morir ese día –pienso en el viejo Feodor Pavlovitch Karamazov. Triste y estúpido es ver muerte donde hay vida. Si bien la muerte es el fin de nuestra primera naturaleza como seres orgánicos, no así la de nuestra segunda naturaleza, como nos enseñó el estagirita. Ésa en la que la dignificación y completitud del ser hombre por medio de las virtudes lo hacen un ser dichoso y feliz, y no sólo un desgraciado payaso de la nada.

El deseo del bien mayor es lo que nos salva de la muerte orgánica, pues es el dulce cansancio que da la búsqueda por la verdad lo que nos va mostrando un camino, en lugar de dejarnos en sombras. La Ética nos impulsa no sólo a aceptar un modo de vida, sino a cuestionar esto que llamamos hábitos, ideas, deliberaciones, conciencia, introspección, comunidad, diálogo, para, como el caballero andante, tratar de hacer el bien. En el otro camino, lo que nos queda aceptar es que la vida, sin una idea y búsqueda por el bien, nos deja parados en medio de una turbulencia bioquímica que se irá degradando sin haber conseguido ni verdad, ni felicidad. La furia es lo más normal, ¿no? La vida es una manifestación del bien; la muerte digna igual; la vida sin bondad, es un abismo, por esto, tratar de vivir bien ennoblece tanto a nuestra parte animal, como a nuestro ser humano, o recordadno un mito, una diosa nos conduce hacia el cielo.

La idea de la muerte, de lo inerte sin sentido nos enajena de la posibilidad de humanidad. La muerte nos hace esclavos de una ola de violencia y poder, en la que todo se irá al abismo. Pensemos por un momento en México. Hace unos meses se declaraba que habíamos tenido el mes más violento en los últimos 20 años, con lo cual se indicaba que los homicidios habían alcanzado un record, que me temo, podríamos superar. El narcotráfico, que es la cultura de la muerte y por la muerte, en la que el capo secuestra vidas, ordena estados, junto a la corrupción que permite que otros decidan por nuestras vidas, son el cáncer ideológico y real en que se desenvuelve la existencia del mexicano. Nosotros pensamos que el capo debe morir, y él piensa que nosotros nacimos para morir divirtiéndolo. Pero esto sólo sucederá si decidimos morir en vida, si decidimos no actuar, y antes que nada, si no nos ponemos a pensar qué es lo que vamos a hacer para mejorar el país, la vida, dignificar a los que ya no pueden luchar por ellos mismos –Hablo de los desaparecidos y de los que tienen que ser parte del crimen sin desearlo, sino por el temor a la muerte. A éstos hombres no les debemos otorgar perdón, sino por el contrario, pedirles perdón por haberlos dejado solos ante el monstruo voraz, al tiempo que les debemos enviar la pronta justicia que no pueden pedir por sus propios labios.

El monstruo voraz de la muerte consume buscando el hambre, es decir, el agravio que lo justifique. Caer en sus fauces es renunciar no sólo a la vida, sino al amor por vivir. Nos volvemos carne de hienas. Evitemos el suicidio social y hagamos juisticia, perdòn, dignidad.

No hay muerte pervertida, sino vida digna, despertemos y busquémosla.

Javel