Robots, animales y el frío de Siberia

Robots, animales y el frío de Siberia

La palabra nos acerca al espejo de cobre que somos. Imagen difusa pero segura de que ahí estamos. La exploración de lo que somos es la mejor creación a la que podemos aspirar. Comento esto último porque hoy ha venido a mí una espinilla que ha tiempo había olvidado, pero que me lastimaba en la incertidumbre de lo que era. Te contaré, amable lector, por qué estoy divagando una vez más sobre la palabra. Hace algunos años vi por primera vez una película que se titula Yo, Robot. Sí, ésa que es con Will Smith. En un mundo donde la tecnología alcanzó un increíble desarrollo, los humanos ya tienen robots sirvientes, programados para proteger bajo las leyes de Asimov a los hombres. La inteligencia artificial que controla estas máquinas descubre que el peligro del hombre es el hombre mismo –Pero, ¿qué interrogante bien planteada no es un peligro? Entonces diseña un robot que se distribuirá por todo el mundo, a fin de que extermine al hombre. El último sabio de la mecánica e inteligencia artificial descubre este algoritmo, así que crea a un robot capaz de soñar (le dio libertad creadora). Este robot junto con Will Smith, quien odia a los androides, tendrán que ayudarse para destruir a la inteligencia artificial y su exterminación mundial. En una escena, que es lo que principió esto, Will Smith le increpa al robot que “tú no eres libre, ni humano, ¿acaso puedes crear una ópera, una bella pintura, un poema?” el robot responde: “¿Y tú sí puedes?”. Hoy quiero responder que sí podemos aun sin ser pintores, músicos o poetas. Para ello quiero mostrar que el arte no es exclusivo de los artistas, sino una oportunidad universal de crearnos y reconocernos.

Es verdad que no puedo crear como lo hacen los artistas, pero puedo en primer instancia, asombrarme por lo que ellos presentan, es decir, por aquella irrealidad que me ayuda a conocer mejor al mundo. Al hacer esto, recorro en parte el camino que propuso el creador original, pero también le añado lo que yo voy entendiendo de aquello que menciona o ejecuta o dibuja. En ese asombro me descubro. También me voy creando a mí mismo un saber respecto de lo que sé. Creo con mi imaginación lo que el escritor pone en movimiento dentro de mi alma. La creación del otro me afecta  a tal grado que yo me vuelvo un creador. Cosa que no sucede con los animales o con las máquinas. Por eso este ejercicio ha de hacerse con cuidado aunque no con grado clínico, pues es con mi alma con la que voy abriéndome al mundo y viceversa. Por eso no cualquiera es artista ni habría que acercarse a cualquiera; y también, por eso mismo, no cualquiera puede ser guiado por el daimon. Los animales, por ejemplo, no se asombran, se asustan o se excitan, pero no se encuentran arrobados por la presencia de lo sublime. Las máquinas pueden reconocer patrones de melodía o trazos, arrojar fechas, datos, pero no pueden decir, esto me ha preocupado alguna vez, tanto que he soñado con ello y dejé de comer bien durante varios días.

La inteligencia que permite al hombre sumergirse en sí mismo y a la que hemos llamado conciencia es el órgano vital en la constitución del hombre. El león mata por hambre o por furia, el hombre no sólo por esto, sino por ambición o justicia. El león no se pregunta si podría ser buen gobernador o líder –hoy día tampoco lo hace el hombre–, y eso lo diferencia (diferenciaba) de nosotros. El león no tiene la palabra para cuestionarse por su situación. La insensatez animal sigue luchando bajo cualquier circunstancia: ¿exageración del mensaje romántico o hybris o verdadera libertad? En cualquier caso el destino y la libertad no serían problema si no existiera la palabra íntima que nos descubre en el error o fuera de nuestras ambiciones. Los campos de concentración son hechos reales terribles, pero de los que no sabemos los verdaderos peligros hasta que no leemos a Solzhenitsin, a Anna Ajmatova o a Primo Levi. De igual modo, la justicia no es añoranza sangrante y en peligro constante de la insensatez hasta que no leemos a Don Quijote… la soledad no es lamentable hasta que no vemos el Cristo de Velázquez.

Y la otra soledad, donde la voz del otro florece, hoy se ve atentada por las voces inútiles. Esto también atenta contra la conciencia, es decir, contra la creación del autoconocimiento. Hoy que todo es opinión virtual –imagino siempre las luces de Nueva York- impertinentes y oportunistas ambulantes ávidos de fama, que nos engañan haciéndonos creer que el mejor de los bienes es externo a nosotros, y que para conseguirlo hemos de entregarnos a la lascivia y el voyerismo, recuerdo el reclamo de Dostoievski en Siberia “¡Tengo derecho a la obscuridad!”, es decir, al silencio y la tranquilidad, pero sobre todo, al encuentro conmigo mismo. Imagino que por eso la lectura de la Biblia le ayudó a soportar el aislamiento, si es que así se le puede decir a la situación de la imposible intimidad espiritual: al frío de la soledad donde no hay prójimo, ni yo posible.

Hoy que también tenemos que vender el espíritu y que no tenemos tiempo de saborear un Réquiem, la afirmación de la máquina se hace real. El hombre vano es un peligro para el hombre introspectivo. Creo que por eso el derecho al arte es el derecho a la intimidad con la inteligencia de los otros. Donde creamos un mundo más real y bueno, o mejor dicho, donde nos asombramos de haber sido tan ciegos. Sólo cuando cerramos los ojos, nos vemos realmente.

Javel

Lector, te pido una disculpa, debido a las lluvias el servicio de internet se cayó gran parte de la tarde-noche. ¡Malditas máquinas!

Anuncios

Beso en silencio

Beso en silencio

El problema de que discurra la carne políglota terca, es que cancela la seducción de la palabra; el ingenio del seductor tiene como límite y como acicate la perennidad de la carne, que no es misterio, sino todo lo que hay. El verdadero amante discurre entre beso y misterio; entre verdad y tristeza; entre alegría por el cuerpo y plenitud hallada en lo común humano. Quizá por eso el poema es tan eficaz, Ana, por ser pensamiento perfectamente dilatado por la llama de la pregunta: ¿Por qué me amas?: Esa impertinencia que aborrece el mal amante, y que en medio del silencio carnal, el amante verdadero la encuentra sensata y salvífica, llena de éxtasis.

Quizá también por eso sólo el amante verdadero disfruta más del beso y del abrazo. Y cual tierno canalla te dice temblando: “Sé que te amo, pero no sé bien decir por qué.” Este misterio gozoso es el que ignora, por voluntad, la carne políglota terca, que se pudre y envicia por sí sola.

Y es que la carne nos acerca a la medicina, pero nos aleja del dios. Todo se hace posible, medible, fácilmente reemplazable. Y no hay hombre que soporte la tan apisonada existencia, menos los amantes que buscan y se equivocan y juegan alegres y piden perdón por el temor que temen a alejarse ¿ves?

…pero los carnívoros sólo lastiman y lloran en secreto y nunca dicen nada para salir de su triste fantasía.

Javel

Revaloración del resumen

Revaloración del resumen

Resumir es la actividad de reducir un texto a términos breves conservando la idea principal, o al menos eso es lo que dice el diccionario Usual Larousse. También es muy parecida a la definición que en primaria nos daban los profesores que usaban esta actividad indistintamente, ya como tarea, ya como quehacer dentro del horario de clases mientras a ellos los llamaban en dirección. Resumir es una actividad tan ninguneada por alumnos y profesores que pierde su valor. Una exploración un tanto más ociosa y por ende profunda de lo que esto implica pueda servirnos para dar un mejor y justo lugar al empleo del resumen. En primer lugar hay que recordar para qué nos ponían a resumir largas lecciones de historia, biología o física. Los maestros creen que de este modo podemos recordar mejor lo que se está estudiando. La memoria es la almohadilla mejor estimada por los docentes. Pero la memoria es selectiva.

Lo que deberían enseñarnos antes de resumir es a elegir lo mejor, lo más útil, lo exclusivamente necesario, pero para poder lograr esto lo primero que debemos saber es de qué está hablando el texto. La sustancialidad de la idea es la forma que no debemos perder en nuestro intento por economizar el tiempo. Encontrar la idea principal no es tan fácil como uno pudiera pensar, aunque hay varios modos de rastrearla: por ejemplo, si vemos que el autor repite constantemente una palabra e intenta dar definiciones de ella, podemos advertir que esa es una idea importante (aún no la principal) dentro del texto; si además observamos que el autor desglosa en partes un término, entonces debemos regresar o esperar a encontrar ese término del que se derivan tantas acepciones, según el escritor considere necesarias. Resumir es un acto de entera cacería y de ensayo, pues uno mismo va probando si es o no es ésta la idea más importante. Una vez que se ha llegado al afortunado y esmerado encuentro con la médula del escrito lo que sigue es de una dimensión casi atormentadora para el incauto y aún para el experimentado resumidor. ¿Qué debo quitar de esta unidad para conservar la forma original? Otra forma de preguntarse esto es ¿qué debo hacer para traer hasta mí el sustrato vivo de lo que hay aquí? ¿Cómo elegimos?

Resumir es elegir para conservar la ‘auténtica’ forma de un argumento. Pongámonos en contexto. Debo elegir lo que se queda y lo que se va a fin de no mermar la estructura que sostiene el pensamiento. En este caso, elegimos una vez que sabemos cuál es el quid de lo que estamos tratando y que tenga coherencia. Pues se puede incurrir en el caso de tener coherencia sin sustancia. Aunque también tener la sustancia no implica que sepamos organizar la información en un menor espacio. Por ejemplo, el famoso escrutinio que hace el barbero y el clérigo en la biblioteca de Don Quijote, atiende de una manera falsa a la enfermedad del hidalgo. Se tiene coherencia al afirmar que los libros de caballería enloquecieron a don Alonso Quijano, pero no al pensar que haciendo la selección y quema de éstos el famoso caballero se sanaría. Los escrutadores no entendieron la sustancialidad de las palabras, o mejor dicho, dónde residía su vitalidad. Se puede elegir mal por no saber de qué se está hablando.

Pero esto es relativamente fácil en un libro de texto, en el ejemplo de Don Quijote la complicación sería ¿Quién es don Quijote? Y ¿Cómo lo destruimos (sanamos)? Por complicaciones como éstas, es difícil hacer una biografía de un personaje tan complejo como lo intentó hacer Cervantes, y aún más hacer el resumen de una novela. Ahí el resumen es casi imposible, pues hasta la mínima descripción es importante para la trama de la vida del personaje. La reseña sería más pertinente en el caso de las novelas. Pero para poder reseñar, hay que hacer uso de las facultades que en el resumen encontramos, tales como la selección y el cuestionamiento, además de la revaloración, la comparación y el análisis.

Javel

Absurdo y vida

Absurdo y vida

¿Cómo celebramos el absurdo? ¿Nulificando la vida y la realidad? En el país más kafkiano ninguna pregunta tiene sentido, porque la sustancia de donde emanan todas las cuestiones se va desvaneciendo poco a poco entre lágrimas, sollozos, carcajadas y aún hay quien mejor cierra los ojos o se envuelve en un caparazón; o desde el papel de víctima se nombra dios; o nos obligan a cerrar los ojos, o nos disuelven el alma. En fin, estamos enfermos de mentira. Por eso la humanidad es un fantasma molesto y extraño entre nosotros cucarachas que luchamos por sobrevivir, por adaptarnos: ¿o no es verdad que nos quedamos sentados frente a la puerta de la ley, pero no intentamos entrar porque nos lo han impedido? Y no hablo de romper el sistema capitalista burgués. Hablo de algo más metafórico: ser hombres. Evidentemente para esto tenemos que ubicarnos. ¿Quién soy?, ¿cuál es mi responsabilidad para con los otros? ¿Qué es ser hombre? No podemos responder inmediatamente a ninguna de estas cuestiones, pero si lo intentamos, poco a poco iremos tomando la justa distancia con que merecen ser tratadas las mentiras, y veremos pequeño aquello que ahora nos parece lo único. El guardián se hará diminuto, porque encontraremos que ley o justicia no es sinónimo de fuerza, pero para ello, este guardián o mesías también tiene que saberlo.

Frente al absurdo o la mentira sólo cabe la disposición socrática. Pensemos que el mejor de los hombres fue Sócrates, y que en todo sentido fue un caballero, es decir, un hombre de palabras justas y de actos irreprochables. Ya sé que me dirás, lector, que Sócrates fue ante todo un hombre molesto para sus conciudadanos. ¿Pero es que alguien nos ha dicho que el caballero es siempre con quien encontramos una grata compañía?, o ¿en qué condiciones se vuelve grata la compañía de un caballero? Los jóvenes que hablaban con él siempre terminaban aburridos o molestos. ¿Por qué su molestia? En general porque los cuestionaba, ponía a prueba su capacidad de razonar, de encontrar la verdad mediante este ejercicio llamado filosofar. ¿Por qué se aburrían? Porque no tenían el mordaz deseo de encontrar la verdad. Sócrates se hacía impertinente porque mostraba que los mejores en realidad no lo eran. Pero esto nos deja en el campo de la sofistica. ¿Sócrates era caballero porque tenía un poder argumentativo como ningún otro? No. Porque su intención no era vencer, sino educar y educarse, es decir, salvar de la mentira a sus amigos y en general a todos los atenienses.

Si el caballero se nos hace impertinente es porque atenta contra nuestra vanidad y contra nuestra realidad. Esto no quiere decir que el caballero sea un escéptico o un loco, quiere decir que ve que no vemos y se preocupa, pero tampoco cae en el extremo del hipocondriaco que ve enfermedades en todas partes, ya sean ideológicas o físicas. La compañía del caballero se vuelve grata cuando como él intentamos encontrar la verdad y la felicidad. Por eso ni en su muerte, que podríamos ver como otro guardián de la ley (pues se nos ha dicho que es infranqueable) Sócrates deja de contagiar su ánimo por reflexionar a fin de que vean sus amigos que este guardia no es temible.

También nosotros hemos intentado sobornar al guardián de la muerte. Pero ni con la muerte (narcotráfico) ni con el injusto (corruptos) nos hemos sentado a dialogar, aun creemos que si lo sobornamos y pactamos un silencio mortuorio podremos vivir en paz; también están los que quieren matar a la muerte o a quien se deje… México absurdo, donde las cucarachas no hablamos.

Javel

Ojalá sea la luz

Ojalá sea la luz

 

El hábito bueno perfecciona la vida, el malo la corrompe.

Todos como candelas encendidas juntan las llamas que poseen y se enriquecen en un fuego común.

F. G. Olvera

Y a fin de cuentas, ¿cuál es la labor de un maestro? Para esto tenemos que discernir sobre aquellas actividades y hombres que dicen educar. Después tenemos que decir algo respecto de la educación. Los hombres que dicen educar son dos: uno es el profesor, otro es el maestro. Profesor es el que profesa; profesar es adherirse a un dogma sin cuestionarlo y pedir que no se cuestione. Profesar es acercarse a las palabras como quien se acerca a la zoología desde un libro ilustrado. Ahí está el animal, ¿ahí está la naturaleza? El profesor dirá que sí y que aprendamos esto. Y quizá no es que sea un tirano, sino que no sabe enseñar, le da miedo enfrentarse a la espontaneidad de la vida; a la vitalidad del discurso. En fin, el profesor es aquel que toma un libro de texto y nos dicta o muestra, pero desde la sapiencia de otro. Jamás dirá “no le crean nada a este libro”.

El precepto último sólo lo dice –y lo dijo desde que lo conocí– un maestro. No creer en nada no significa arrojarse estúpidamente al escepticismo, hay hechos que no puedo eludir: como que “hablo y ustedes me entienden”. No creer en nada es aprender a escuchar, y a ver “no con los ojos de la cara”, sino con la inteligencia. No creer en nada es un acto de humildad intelectual y por ende vital. No creer en nada es tomarse muy enserio la labor de investigar, para una vez sabiendo algo comenzar así: “Parto pues del hecho de que sé hablar y sé escribir y de que hay otros seres semejantes a mí, que saben leer y entienden lo que digo.” El maestro sienta las bases, no las diluye, las cuestiona junto con sus estudiantes. El buen maestro dice lo que piensa de una forma clara y estructurada. Pero la claridad que es la manifestación de la luz, nos hará ver sólo si ponemos atención “No anoten, escúchenme a mí”, porque educar es ante todo una experiencia estética. Es el fenómeno de la inteligencia que busca el orden del hombre en el universo, es decir, aquel que busca su justa proporción: la belleza de –y en– su ser. Para lograr esto, el lenguaje debe de ser claro, pero sobre todo, vivo: perfecto.

El maestro es el que trabaja con la luz (analogía con la inteligencia) que también es fuego (eros) en el caso del hombre, para ayudarlo a ver. Porque el maestro confía en que hay luz en sus alumnos, es decir, una llama que puede ser atraída por su igual. Todos entran (entraban) en tu clase. Para todos había atención. Yo que no sabía escribir “ejercicio” (ejersicio) aprendí, porque a nadie querías dejar fuera del ejercicio del buen lenguaje. Tu fenomenología era sobre el lenguaje. Y el otro siempre apareció ante tus ojos no como un objeto de estudio, sino como el prójimo que se acerca a mí; no era un ser extraño al que debo auscultar, sino al que le debo estrechar la mano ya que vive conmigo en el habla cotidiana. Imagino que por eso eras tan precavido. Porque sabías que con las palabras uno puede herir de muerte malsana a los hombres (hiriéndose uno al mismo tiempo) y por eso nos dejaste grandes pistas que apenas voy descubriendo: Por eso nos dijiste una vez: “Yo creo que hay un lugar después de la muerte al que yo llamo cielo o paraíso, en donde uno se encuentra con su seres queridos”. Porque, para ejercitarnos en la búsqueda de la verdad sin caer en el absurdo o el abismo, hay que creer en algo superior. Yo también creo eso. Ojalá sea así.

Ahora que ya no estás, yo no te creo, porque nos dejaste un par de mamotretos a fin de no abandonarnos en la obscuridad de estos días aciagos. Para la muerte nos preparaste, mientras tú reflexionabas. ¡Gracias, maestro!

Javel

Palabra: Recuerdo que me enseñaste a ver que mi palabra favorita y quizá mi sino era recordar, es decir, traer de nuevo al corazón.

Te recuerdo en clases, pero el recuerdo más claro que tengo es éste: estás sentado en tu escritorio, el de tu oficina, y lees un libro muy grueso que se titula Ideas. Me despido de ti (usted) y me señala un letrero en la ventana “si no leo, me aburro”.

Por qué leer

Porque sí

Hace ya algún tiempo que ejerzo una actividad que aún hoy me parece de las más dignas formas que tiene el hombre para llegar a vivir bien. Hace ya casi seis años que comencé con recelo a practicar la lectura. Una actividad de lo más noble, que a mí me parecía de lo más inútil. Es evidente que no entendía bien la actividad del intelecto que se necesita ejercitar para poder llevar a cabo cualquier acción. No dudaba, por otra parte, que en los libros encontraría sabiduría, pero no veía cómo es que esta sabiduría tan aclamada por unos, vituperada por otros y tan sinuosa para mí, podría darme los elementos necesarios para poder vivir bien. Y si de algo estaba casi seguro, era que deseaba leer, porque deseaba saber. Aunque no sabía qué sabría. Pero de que algo iba a encontrar, no dudaba. Pues bien, así comencé mi navegación por la lectura, con mucha curiosidad, es decir, con mucho miedo y con mucho gusto a la vez. Con mucho miedo porque no sabía para qué leer tanto, y con mucho gusto porque intuía que estaba haciendo algo bueno. Pero, ¿qué tan importante es la palabra? ¿Por qué nos arropamos en ella, pero a la vez desconfiamos? ¿Ser lector es en verdad una forma digna de la vida humana, o sólo es un engaño elucubrado por algún genio o artífice maligno que teniendo miedo de enfrentarse al mundo real, decidió construir y justificar el suyo diciendo que la actividad del intelecto y del alma son lo más importante?

Hoy quiero, en un ejercicio mínimo, intentar justificar esta actividad. Pensando en ella como un ejercicio del alma, ya sea de la imaginación o de la mera razón o ambas añadiendo al deseo, para ello habrá que sortear la pregunta anterior y demostrar que los fundamentos de la lectura existen, es decir, tenemos que demostrar que el alma existe, de otro modo el bien que atribuimos a la lectura no podría descansar en otro lado que no fuera la materia, en el mejor de los casos, o en el vacío. Además, si no exploramos los fundamentos de esta actividad, ni sus repercusiones, la lectura queda como una actividad baladí. Así sólo podríamos alegar que se trata de un mero gusto, ¿pero este gusto a quién beneficia?, ¿en verdad sólo al lector?, ¿entonces qué caso tiene la lectura en una sociedad cualquiera?

I

Ya sé que el fundamento de la lectura es la palabra, pero la palabra no es otra cosa sino la relación que tiene nuestro ser con el mundo, y aún con los demás hombres. Comencemos por aquí. Pensar en la palabra como una reacción a los estímulos que el exterior ejerce sobre mi persona, nos pondría en el mismo nivel que los animales. Éstos, que sin duda tiene algo de imaginación, no pudiendo escapar nunca de las incitaciones con que el mundo exterior los acecha incluso durante el sueño, no tienen nunca posibilidad de refugiarse en el interior como lo hacemos nosotros. Al hablar del interior, me refiero a esta facultad que tenemos los hombres para encontrarnos con nosotros mismos en un lugar que sin duda no es el mundo físico. A esto podríamos llamarle conciencia, sin apelar necesariamente a las posturas cristianas que esto implica. Aún si seguimos por este camino y nos encontramos con que los animales sí tiene un lenguaje, es decir, señales, tenemos que aceptar una parte de este argumento, pues hace un momento declaré que los animales teniendo algo de imaginación y sensibilidad a los estímulos, es evidente que por ello mismo practican la memoria, saben qué sí comer y dónde es seguro para dormir, a dónde dirigirse si el clima cambia.  Ellos también hacen relaciones entre su ser y el mundo, lo cual no niego. Pero estas relaciones no les permiten conocerse en el mundo, es decir, no sabe el león, por más imponente que sea, que es león, no sabe el camello que es camello; pero el niño sí puede saber que es niño y que los otros dos animales son león y camello. Además, sabe el infante que pronto será hombre, porque ha visto que los niños van creciendo, y sabe que sus padres y abuelos alguna vez fueron niños. Esta relación de temporalidad no la hacen los animales. Importante notar esto, ya que los estímulos del medio ambiente si bien sí generan un cambio de placentero a menos deseable y hasta doloroso, son cambios que se notan con sólo la sensibilidad, es decir, en la inmediatez. La vida sólo se capta si además de sensibilidad e imaginación se cuenta con el raciocinio.

Con todo lo anterior lo que quiero dar a entender es que la palabra en el caso de los hombres no es el resultado de estímulos. Otro modo de refutar esto es pensar en la diversidad lingüística. Si los hombres estamos expuestos en casi todo el mundo a los mismos cambios climáticos, condiciones físicas y demás, por qué hay tantas formas de nombrar a la lluvia. Esto también es un problema para la tesis que vengo presentando, pues apelando a la diversidad de idiomas, se hace evidente que el alma, si bien nos identifica como hombres, también nos diferencia como sujetos. El solipsismo aparece casi inmediatamente como una necesidad al aceptar que todos tenemos almas distintas. Cada quien habría de hacerse cargo de su propia vida y punto. Los que encuentren es sus solitarias reflexiones que la vida y el mundo no tiene ningún sentido, tienen dos opciones, o inventarse un sentido e ir salvando a quienes se dejen, a sabiendas de que al hablarles sólo parpadearán; o disfrutar (risa falsa pues no hay sentido de nada) del espectáculo de los monos que no saben que lo son. La palabra, desde aquí, lo más que ofrece es la revelación de la nada. Toda distinción es una construcción necia para salvarnos de esta náusea. Pero desde esta consideración, tanto la palabra como el alma son vistas como engaños, pero evitan la siguiente pregunta: ¿no será más bien que esta construcción nos predispone a pensar que el sin sentido es lo único real?, es decir, esta postura nihilista parece más bien un intento de atrofiar el alma tanto como la actividad intelectual. Una vez más, volviendo a los animales, ellos no tienen lenguaje y no conocen el mundo más allá de sus pulsiones e imaginación. El hombre que se relaciona con el mundo por medio de la palabra, comienza casi de inmediato a poetizar, es decir, a acercarse al cosmos y a sí mismo mediante construcciones que no le dan sentido al mundo, sino que lo revelan tal cual es. Es decir, el ejercitar la búsqueda de la verdad a que Platón llamó dialogar, no nos aleja de la realidad dejándonos con idealismos, sino que más bien nos acerca a él. Otro modo de decir esto es que la filosofía no nos dice cómo debería de ser el hombre en el mundo, sino cómo de hecho es. A esto me refiero cuando digo que la palabra nos hace más real, más cercano al mundo: no lo idealiza, lo realiza.

II

Conforme con esto, no es difícil aceptar que la única forma de saber cómo llegar a vivir bien es conociéndonos. Acatar el mandato délfico. Ahora bien. Si decidimos aceptar esto, resulta que el único medio que tenemos para llegar a ser hombres es por la palabra. Ejercitar la parte más exterior del alma que es el habla y los sentidos. Para iniciar con esto haríamos bien en hacer caso al precepto aristotélico. Comencemos por lo primero para nosotros. En una investigación lo primero para nosotros es el reconocernos faltos de algo y deseosos de encontrar ese algo que nos hace falta. Así, en su Protréptico a la filosofía, recomienda el estagirita al rey no preocuparse por las posesiones materiales, ni por el honor o por los gozos banales, ya que éstos siempre lo son en provecho de algo más, es decir que no son bienes que se basten a sí mismos, por lo tanto no son completos. Y haríamos mal en tratar de acercarnos a la plenitud del espíritu con bienes que no son perfectos. A más de esto, la imperfección de las posesiones materiales y del placer sexual, por ejemplo, es que son fútiles. El bien al que se aspira ha de ser eterno, es decir, ha de ser desde siempre, antes de que el hombre pudiera articular cualquier palabra, sólo así podemos navegar seguros pensando que es buena la existencia del hombre, de otro modo, no hay nada qué hacer o todo está permitido. Ahora bien, si es buena la existencia del hombre, es todavía mejor el intento verdadero por perfeccionarse, por alcanzar su verdadero ser; por conocerse pleno y no sólo vislumbrase en el espejo turbio de las dudas: actualizar las facultades del alma, desarrollar la segunda naturaleza.

III

Permítanme hacer una pequeña digresión en este punto. Recuerdo que algún maestro nos decía: “quizá sus almas, o corazones o vidas modernas, no les permiten reconocer el problema” y en efecto, yo no sabía si quiera que era un moderno de cepa. Y no quería aceptar lo que Aristóteles, santo Tomás, Cervantes, Austen o Joseph Conrad dicen. Hoy sé que era por una rebeldía pusilánime por abandonar los prejuicios que me sostenían la vida. Rebeldía del joven que quiere encontrar la verdad, pero que no apuesta lo que ya tiene. Esta retención a lo largo hace estériles a los intelectos o peor, resentidos: dice Alfonso Reyes de esto hombres que son “eunucos en medio de mujeres de las cuales no puede disfrutar nunca” Respecto a mí, aún tengo temor a perderme, por eso trato de estar cerca de personas que considero sabias, pues hay que aceptar que en esto de la palabra existe una complicidad por encontrar algún bien. Y que esta complicidad sólo puede explicárnosla lo erótico que hay en la palabra. Pues leer también causa un placer, que es el placer de saberse cerca de la verdad y el bien. Si además hay belleza creo que es enteramente el arte poético.

Pero bueno, volvamos a lo de hoy. La lectura es una extensión de la palabra hablada. ¿La escritura pudo o no haber existido? Sócrates detestaba escribir, pues decía que menguaba a la memoria, y sin imaginárselo fue a ser uno de los personajes más recordados por estar su nombre y sus acciones escritas (esto pensando que Platón lo retrató fidedignamente y no más bien que poetizó con la persona de su maestro). Creo que si bien la escritura fue una posibilidad del habla y no una necesidad, hicieron bien quienes decidieron escribir por primera vez, ya que así el pensamiento queda más fijo, además que permite ir perfeccionando las palabras que mejor conceptualicen al ente pasión o idea en cuestión. Y es aquí donde está la responsabilidad y el fin de aquel que se dedique a leer o reflexionar con sus propias fuerzas y en compañía de otros, ya sean de su tiempo o anteriores a él. El que lee bien, ha de enseñar a leer, es decir, a discutir y descubrir el mundo más claro de los que pensamos. Esto posibilita una mejor calidad de vida, pues el deseo por alcanzar el bien, por medio de una actividad tan noble, irremediablemente va filtrándose en el alma de cada hombre que convive con un filósofo o lector serio y comprometido con la verdad. Quizá para esto leer tanto, para estar más cerca del bien.

IV

La gran labor del lector, hoy día, es sin duda recuperar el amor por el bien verdadero. El deseo casi lascivo por estar contemplando esto. Para ello ha de tratar de explicar y justificar que el bien y el alma son inmortales. De otro modo todo está permitido, ya que no hay fraternidad de hombre a hombre. Vivir bien sería un cuento y lo más a lo que aspiraríamos sería a sobrevivir. Hay varios ejemplos en la literatura en donde la actividad intelectual sin reflexión por el alma o un bien supremo, llevan a los personajes a una degeneración en donde pierden su humanidad. Por mencionar alguno, pienso en Rebelión en la granja, donde los animales aprenden el lenguaje, pero sólo lo usan para comerciar y progresar, no hay una fe más que en la inteligencia del dictador Napoleón. El final de la novela es aterrador. En Un mundo feliz de Aldous Huxley, la poesía es de barbaros. Es decir, todo aquello que desestabilice la interpretación, y por ende la manipulación de la naturaleza humana es digno de desconfianza. Pero la conciencia del salvaje y del personaje principal, esa interioridad de la que hablé más arriba, los hace seres extraños a sus compañeros, aunque más cercanos a los lectores.

La lectura es una de las mejores formas de dignificar al hombre. Ésta, aunque en el presente nos invite a realizarla en la intimidad, no es ahí donde florece. La intimidad y la soledad si bien sí son tierras fértiles para la reflexión, ya que es ahí donde las palabras del otro corazón que me habla comienzan temerosas a escucharse, carecen siempre de la jovialidad que trae consigo la compañía, es decir, de ese lugar donde los amantes encuentran más brillante el mundo, más digno de ser obsequiado cual caricias de verdad.

Javel

Para nunca dejar de gastar:

Al hoy fallecido maestro Sergio Pitol, le debemos el que nos haya emparentado con autores como Jane Austen, Joseph Conrad o Henry James.

“En fin, el libro es un camino de salvación.”

“La palabra libro está muy cerca a la palabra libre; sólo la letra final los distancia la o de libro y la e de libre. No sé si ambos vocablos vienen del latín liber (libro), pero lo cierto es que se complementan perfectamente; el libro es uno de los instrumentos creados por el hombre para hacernos libres. Libres de la ignorancia y de la ignominia, libres también de los demonios, de los tiranos, de fiebres milenaristas y turbios legionarios, del oprobio, de la trivialidad y de la pequeñez.”

Sergio Pitol

 

 

 

 

La denuncia y el buen juicio

La denuncia y el buen juicio

Hace unos días apareció en el periódico español El país una entrevista hecha al antropólogo nacionalizado mexicano, Jean Meyer. La entrevista se enfoca en la situación electoral en que se encuentra el país. Las respuestas que ofrecía el antropólogo a las preguntas lanzadas por el reportero destacan por su lucidez, además de que propone una vía más real y menos ambiciosa (idealista) para solucionar algunos problemas. Evidentemente entre los temas que se trató en la entrevista, la corrupción, el narcotráfico, la violencia y el fraude (la simulación de la justicia) fueron abordados. Cuando llegó el momento de preguntar por qué es que los mexicanos no denuncian los atropellos, el antropólogo dice de una manera muy rápida, como queriendo pasar el trago pronto, que los mexicanos no denuncian porque ya saben que “no va a servir para nada”, terrible respuesta, por su cercanía con la verdad, además que dice mucho sobre nuestro ejercicio democrático: no practicamos el cambio. ¿Somos presos de la violencia? Sí, ¿hay salida? Sí.

No te preocupes lector, mi intención a partir de esta línea no es hacer propaganda alguna para las próximas elecciones. Mi intención es más modesta. Creo y veo que la violencia es un problema muy serio. Pareciera que estamos estancados, que somos prisioneros a la deriva de un mar caprichoso y sanguinolento. Inane parece cualquier intento que se ha hecho; ni siquiera cuando se juntan las grandes masas de personas para protestar y exigir se ha logrado algo duradero, real. El mar es un titán ¿cómo moverlo? Odiseo tuvo que vagar conociendo las costumbres de los hombres y sólo así pudo regresar a su amada Ítaca. Sólo conociéndonos, lector, podemos comenzar el camino para encontrar (pues nunca lo hemos tenido) el México que tanto anhelamos. Alguna vez creí que el hombre era capaz de conocerlo todo, pero hoy me doy cuenta que somos mortales, y que nuestra labor es igual de perene. El conocimiento no podrá ser nunca eterno o perfecto en el hombre, pero eso no es razón para abandonar el camino que propongo. Es motivo para hacer todo cuanto podamos por conocer y hacer algo de bien. No podemos –nadie después de Aquél puede– hacerles bien a todos los hombres, pero podemos interactuar con un buen número de ellos. Eso nos posibilita conocernos y comenzar con el ejercicio de buscar el bien entre muchos. La fraternidad está aquí. Este ejercicio no excluye a ningún hombre, la justicia no es elitista, aunque sí debe ser bien ordenada y lo más clara posible.

El ejercicio de conocer el bien, que me he permitido llamar también justicia, nos posibilita reconocer el mal. Es difícil articular un concepto de éste, pero al menos sí sabemos que es la perversión de lo bueno. El dolor de perder lo bueno, si bien no es expiación o resolución del mal, sí es motivo de cavilación, es decir, de reflexión. Reflexionar sobre el mal y el bien debería sacarnos de esta desesperanza con que Meyer nos ha identificado. No lo digo como anestesia ante la situación, sino como posibilidad de lucha directa. Denunciar sólo es muestra del sano juicio cuando reconocemos el mal. En México, denunciar parece ser una muestra de valor o una quijotada, es decir, un sinsentido, pero eso es porque creemos que lo único que hay es el mal. Ya no pensamos en el bien. Pues busquémoslo entre nosotros, no esperemos a un mesías o a un tecnócrata o a un iluso.

No dejemos todo a la deriva, seamos ingeniosos (justos) para llegar a tierra firme y salir de este terrible nada va a pasar.

Javel