Próximo lejano

Próximo lejano

Espantará a los puristas. Dejará sin opinión a los asépticos del laicismo. Parecerá pura retórica a los cínicos del descontento. Pero no debería pasar inadvertido entre los que quieren pensar. El pasado 17 de septiembre en el Encuentro Mundial de Jóvenes Consagrados el Papa Francisco declaró: “El Señor os llama al modo profético de la libertad, es decir a la libertad que está unida con el testimonio y la fidelidad. La vida consagrada puede ser estéril cuando no es profética”. El Papa llamó a la profecía, y eso es un grandísimo problema.

La profecía fue, antes de Spinoza, el problema teológico-político de mayor profundidad para la filosofía medieval. En el racionalismo moderno no hay modo de pensar la profecía. La esencia de la religión se conoce, en cambio, en la medida en que se piensa la profecía: en que se piensa la Ley y la Revelación. Para los modernos del mundo, un llamado a la profecía es un llamado vano. Es, sin embargo, un llamado problemático para los que quieren pensar la profecía. Evidentemente el primer problema es que en sentido estricto ningún hombre puede llamar a la profecía, pues el profeta es llamado por Dios para llamar a los hombres. Que un hombre tome el atrevimiento de llamar a los hombres a la profecía podría ser el más excesivo maquiavelismo o una renovación de la expresión cristiana en torno al misterio de la ensarkosis. Como maquiavelismo excesivo, el llamado a la profecía es la fundación a partir de un mito, el modo profético del imperio, el imperio unido con el perjurio y la infidelidad. Como renovación de la expresión cristiana, y por tanto como un llamado a la profecía distinto a los profetismos musulmán y judío, es la experiencia de la carne como fundación comunitaria, por ello de la libertad unida con el testimonio y la fidelidad. Se distingue de la profetología judía porque el profetismo cristiano al que ha llamado el Papa tiene a la salvación en el pasado, en el ensarkosis, y pide del profeta testimoniar la salvación en la fidelidad caritativa. Se distingue de la profetología musulmana –principalmente de la contemporánea sunita- en el libre alejamiento del rigorismo, en la creatividad que sólo puede experimentarse en el misterio de la carne, es decir en la libertad de la castidad. Y en este último punto se distingue de la tiranía libertaria del liberalismo moderno en la que la castidad nunca puede ser libre. Castidad libre y caridad testimonial son las claves del llamado papal. La nueva profecía es posible porque Cristo se hizo carne. La nueva profecía es inevitable escándalo.

El reciente llamado del Papa Francisco nos enfrenta al problema de dejar de emplazar la salvación al futuro, de experimentar el misterio de la carne como castidad y, por ende, de superar el prejuicio contemporáneo del cuerpo. Ser profetas, tras la renovación expresiva del hermano Francisco, nos exige comenzar a sabernos carne, en la carne amarnos y en el amor salvarnos. La misión que ahora es más próxima parece más lejana.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. El pasado 25 de enero, en Reforma, Gabriel Zaid, con su agudeza característica y sabia sensatez, afirmó: “Todos somos corruptibles, pero eso implica libertad, no fatalidad. Ser corruptible no es lo mismo que ser corrupto. Es perfectamente posible evitar la degradación personal, no contribuir a la ajena y apoyar el saneamiento institucional de manera práctica y sin fariseísmo”. Para después ofrecer propuestas prácticas para combatir la corrupción. El pasado 3 de septiembre, el diputado por Jalisco Jorge Álvarez Maynez de Movimiento Ciudadano presentó una iniciativa de reforma a la Ley General de Transparencia y Acceso a la Información Pública que ordena la creación de un portal de adquisiciones de la Federación cuyas características están tomadas directamente y al pie de la letra de las propuestas de Gabriel Zaid. La iniciativa se turnará a comisiones; no hay que perderle la pista.

Coletilla. Si no hay una solución política al conflicto que desató la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, la violencia será inevitable. La solución política del caso parece tan inasible como la violencia multiforme. Seguir hablando del caso de los normalistas desaparecidos sólo tiene sentido cuando se quiere contribuir a la vía política; cuando no, el sinsentido hace de las palabras molotovs y de la discusión pública una batalla por el imperio del silencio. La violencia inevitable nos podría condenar a un silencio ineludible. Cancelación de la vía política -¡Hamlet!-: el resto es silencio.

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