Celos

A la mañana siguiente, el purpúreo cuerpo de ella yacía, indefenso, sin poder contarle a nadie la imagen que sus ojos secos vieron al amanecer: era una hoja de acero muy afilado y frío, muy frío, Penetró en sus cuencas y haciendo palanca los chispó de un solo movimiento. Quién iba a pensar que una cortesana tan afamada como lo era ella, terminaría en el bosque muerta de frío. Ella misma jamás hubiera imaginado que sus ojos reemplazarían las canicas de la cabeza disecada del jabalí que cuelga sobre la cama del rey que ella conoció tan bien.

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