El alboroto en la alcoba

Confundido se miraba frente al espejo. Los músculos de su rostro evidenciaban la conmoción ocurrida. Su expresión iba aliviándose, la agitación se tornaba en cierta fatiga. Pese a ello, el resto de su cuerpo continuaba nervioso, los brazos que lo sostenían en el lavabo seguían temblando. No sabía si lo sucedido había sido un desastre o sólo que terminó desconcertado por novato. Quizá fue ambas.

Parecía que allá afuera todo se había calmado. Ya no se escuchaba ruido alguno, ni siquiera el sollozo que dejó atrás al encerrarse en el baño. «¿Por qué acabo así? ¿Acaso lo de hoy no era lo que consagraría nuestro amor?», las palabras retumbaban en su remordiente cabeza, «nos veíamos favorecidos, nada podría haber salido mal. Lo planeamos y tuvimos que llegar a este momento. Ya habían ocurrido algunos meses, incluso el año. Si no sucedía podía perderla, y es lo que menos quiero. Somos una pareja y era momento de actuar como una, debíamos dejar atrás las niñerías. Esto era más simbólico que los anillos de casados, cualquier papel o metal no compromete igual que el vínculo espiritual.»

En su memoria todavía persistían las cosas que había arreglado para el día especial. Cerraba los ojos y veía bien los pétalos en la cama y el licor en el buró, incluso podía oler el perfume que había alistado para el momento. A la noche nada podía faltarle, estaba endulzada por el romanticismo y emoción de la joven pareja. Esa rememoración era dolorosa, conforme recordaba el remordimiento lo estrujaba. Empezó con una sonrisa al ver aquellos detalles, pero la sonrisa iba apretándose hasta ser imagen de tensión. Los besos eran suaves y esporádicos, en distintas partes del cuerpo. Las caricias tocaban tímidamente la piel canela de la mujer. El ritmo entre ambos iba siendo lento, aunque aumentaba gradualmente. Poco a poco los besos se infundían de pasión e iban adquiriendo fuerza, las caricias dejaban su timidez para afirmar la posesión de ella. Llegó un momento cumbre, en plena agitación el párvulo la tomó por la cintura y la acercó. El tiempo se volvió frenético y el amor se manifestaba de modo furioso en su unión. El hombre apretaba su rostro, no sabía si de placer o temor. Confirmó —o asumió— que fue de esto último, ya que repentinamente rompió en llanto. Se detuvo, y corrió hacia el baño de la habitación. Permanecía ahí dejando sola a su novia, ésta inexplicablemente se deshacía en un sollozo estridente.

Conforme avanzaron los minutos Inocencio Sandoval se decidió a salir. Después de un profundo respiro abrió la puerta y caminó para reencontrarse con su amada. Los dos, juntos y desnudos, se miraron. Ella tenía los ojos rojos e inflamados, pero aún hermosos. A él le recordaron la primera vez que se vieron, ahora la memoria dejaba de ser dolorosa. Sonrieron plácidamente y se recostaron juntos en la cama, y lograron su noche de intimidad.

Bocadillo de la plaza pública. Amable lector, no sé si usted alcance a ver que la vida puede llegar a ser muy juguetona con nosotros. A veces somos blancos de sus rodeos inocentes, mientras que otras nos vemos afectados por sus bromas crueles. En los últimos días, en plenos días pascuales, ha salido la noticia de que aparece evidencia acerca de la vida de Jesucristo. En realidad el hecho ha revivido una discusión o intriga que había venido calmándose en los años. A partir del reciente análisis de cierto contenedor fúnebre, queda establecido el vínculo con la tumba Talpiot. Dicha tumba es famosa por considerarse el osario que resguarda a la familia de Jesús. Supuestamente ahí se encontraron otros contenedores pertenecientes a personas cercanas como María o incluso algún posible hijo. Cabe señalar que el descubrimiento de la anterior tumba se hizo polémica gracias a un famoso documental (The Lost Tomb of Jesus) producido por James Cameron (como siempre, nada oportunista y ególatra). Pese a las críticas, la tumba y los huesos encontrados han vuelto a la consideración pública. Y sí, con todo esto, también vuelve a cuestionarse si el misterio de la Resurrección ocurrió realmente. ¿Debemos reírnos amargamente?

Señor Carmesí

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