La amarga oportunidad

Hemos logrado asumir la inminencia a la muerte. En otras ocasiones siempre se volvía un hecho incómodo, uno que incluso hacía que cayera la sombra de solemnidad sobre la mesa. Ahora es distinto, no sólo ya no le guardamos ese respeto o temor, sino que incluso la abrazamos con resignación. Tal actitud la podemos ver en las habladurías donde nos vemos inmersos: al ritmo del éxtasis del beat celebramos que sólo se vive una vez (¡YOLO!) o también las pláticas motivacionales nos recetan que tenemos el tiempo contado con miras a la  felicidad. ¿Con ello será casualidad nuestra fascinación por los escenarios finales? ¿Nos daremos el lujo de cómo morir: por la rebelión zombie o por la inevitable Tercera Guerra Mundial?

Morimos y nadie lo puede negar. Pese a que la primera certeza tenida sea nuestra finitud, nuestro porvenir es la oportunidad única. De este modo aquello que vivimos está delimitado por nacimiento y muerte, por esta finitud comprendemos el sentido de la vida. Tenemos en nuestra consideración a los segundos que caen, a los minutos que acaban, a las horas que pasan y los días que se gastan (gracias a la ciencia moderna la cuenta puede seguir hasta los nanosegundos). Depende de nosotros si aprovechamos cada granito de arena ofrecido.

Ante fatal desenlace nos dicen sonriendo que no debe haber impedimento para que gocemos la vida. Justamente nuestro derecho prístino reside en este hecho fundamental. Ríe, llora, canta, sufre, enamórate, tropieza: el mundo ocurre hoy y nos fue dado para enfrentarlo (luego será demasiado tarde). Debido a lo anterior, todas las discusiones en torno a la moral se diluyen, pierden su sentido cuando se ha instaurado el mandamiento último de vivir. Toda pregunta por la restricción apunta a distraernos o limitarnos, es decir, ¿por qué tiene que haber pecado y vicio si la vida consiste precisamente en vivirla?

Así ponemos nuestra determinación por la propia vida. Dado que en algún momento se terminará, no podemos perder tiempo en otros asuntos. Lo importante resulta el encuentro consigo mismo y su respectiva realización. Mi felicidad sólo puedo hallarla en mi plenitud. En el caso de que no ocurra así, se destapa el fracaso existencial: la vida puede acabar sin que realmente la haya hecho mía ¡Sal a morir del mejor modo! Intenta saborear el trago amargo.

Bocadillo de la plaza pública. Además de ciertas grabaciones comprometedoras de un funcionario federal y unos mozuelos en un municipio, destacó la muerte de un niño a manos de otros no tan chiquillos. En efecto, el caso en Chihuahua estremeció por la crueldad ejercida por los menores de edad, al principio jugaban al secuestro para después terminar asesinando al infante a sangre fría —o helada. Lo interesante y preocupante se encuentra en todo lo que aconteció ante ello. Sumergida en el dolor la madre clamó por justicia y exigió que los involucrados quedaran refundidos en prisión. Cumpliendo su papel la salvadora señorita Laura ofreció a brindarle apoyo por medio de un abogado y una nada despreciable (¡ja!) cantidad de dinero, mismos que terminó por devolver la afligida. A pesar de lo anterior, la perseverante abogada (sí, Laura Bozzo presume sus estudios en Derecho) quiere promover una ley para que menores así puedan ser juzgados (sus palabras: Yo creo que un niño que tortura (…) no es un niño, es un ser humano con una enfermedad, es un sociópata). Mientras tanto otros quieren contribuir con marchas para concientizar lo desgarrado del tejido social y fortalecer la institución de la familia. Esta preocupación social se ve también reflejada en los medios electrónicos, en ellos encontramos muchos indignados que también exigen el encarcelamiento de aquellos jóvenes (algunos incluso piden su sangre). Todo esto pese a que el fiscal general de Chihuahua dijo que en el móvil no hay más de fondo que esto [el inocente juego] (…) en el tema estrictamente de la investigación, queda prácticamente agotado… El tuerto es rey en el país de los ciegos: Frente a la masacre de Columbine, al implicarlo como el responsable indirecto del crimen, algún director de un documental le preguntó a Marilyn Manson qué le diría a los generadores de la masacre. Él respondió lo siguiente (¡ay, nunca pensé que citaría a Marilyn Manson!): No les diría una sola palabra, yo escucharía lo que tendrían que decir, y eso fue lo que nadie hizo.

Señor Carmesí

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